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Rincón del experto

Cambio climático y riesgo de demencia y alzhéimer

Encéfalo.

Corte sagital del encéfalo (imagen decorativa)

Durante mucho tiempo hemos pensado que las olas de calor eran sobre todo una amenaza para el corazón, los pulmones o los riñones. Sabemos que el calor extremo deshidrata, sobrecarga el sistema cardiovascular, agrava enfermedades respiratorias aumentando la mortalidad en las personas mayores. Sin embargo, en los últimos años está emergiendo otra dimensión menos visible y quizá más inquietante, el calor también puede lesionar al cerebro, y lo hace con especial dureza en quienes viven con enfermedad de Alzheimer u otras demencias.

La demencia altera la memoria, la orientación, la capacidad para reconocer el peligro, la toma de decisiones y, en muchos casos, la autonomía para beber agua, buscar sombra, encender un ventilador o pedir ayuda. En una persona mayor con deterioro cognitivo, una noche calurosa no es simplemente una molestia; puede convertirse en un estrés fisiológico acumulado. Un día de calor extremo no es solo una incomodidad; puede precipitar deshidratación, confusión, agitación, caídas, ingresos hospitalarios e incluso la muerte. Cada vez hay más personas mayores, y cada vez son más frecuentes, intensas y prolongadas las olas de calor.

El organismo humano posee mecanismos sofisticados para mantener estable su temperatura interna. Sudamos, modificamos el flujo sanguíneo hacia la piel, buscamos lugares frescos y reducimos la actividad física cuando el ambiente aprieta. Pero estos mecanismos no funcionan igual en todas las personas. La edad avanzada reduce la capacidad de termorregulación; algunas enfermedades crónicas limitan la respuesta al calor; y ciertos medicamentos pueden interferir con la sudoración, la hidratación o la presión arterial.

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En la demencia se añade un problema decisivo: la persona puede no interpretar correctamente las señales de alarma. Puede no sentir sed, no recordar que debe beber, no entender por qué se encuentra mal o resistirse a cambiar de habitación, quitarse ropa o aceptar ayuda. Además, la demencia se asocia con trastornos del sueño, ansiedad, agitación y episodios de desorientación, síntomas que pueden intensificarse cuando el calor impide el descanso nocturno.

El calor afecta al cerebro por varias vías plausibles, entre ellas la deshidratación que reduce el volumen circulante y puede comprometer la perfusión cerebral, y a través del estrés térmico, aumentar la carga cardiovascular y metabólica. La falta de sueño deteriora la atención, la memoria y el control emocional. A nivel celular se han propuesto mecanismos como estrés oxidativo, neuroinflamación, excitotoxicidad, apoptosis y alteraciones del metabolismo cerebral. Ninguno de estos mecanismos por sí solo explica toda la historia, pero juntos dibujan un escenario coherente, el cerebro envejecido y enfermo tiene menos margen de adaptación frente a temperaturas extremas.

Estudios recientes realizados a nivel mundial, como el publicado por Gao y colaboradores en JAMA Network Open en 2024, en el que se distinguió entre calor diurno y calor nocturno, mostró que el calor tanto durante noche como durante el día, en los días calurosos, se asociaba con un aumento del riesgo de muerte relacionada con demencia. El efecto de las noches calurosas persistía hasta unos seis días, mientras que el de los días calurosos podía extenderse hasta diez días. Es decir, el peligro no desaparece cuando baja el termómetro al día siguiente, el cuerpo puede arrastrar una deuda fisiológica durante casi una semana o más. El estudio también encontró que el calor nocturno extremo podía generar una carga atribuible especialmente importante. Esto es crucial, porque tradicionalmente la noche funcionaba como un periodo de recuperación.

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Aunque el día fuera muy caluroso, el descenso nocturno de la temperatura permitía dormir, hidratarse, reducir el estrés térmico y restaurar cierto equilibrio. Pero el cambio climático está erosionando ese refugio. Las llamadas noches tropicales o tórridas son cada vez más frecuentes en muchas regiones, y cuando la noche no enfría, el cuerpo no descansa. Dentro de este grupo de personas, los más vulnerables fueron las mujeres, las personas de 75 años o más y quienes tenían menor nivel educativo. Este último dato es importante porque recuerda que el riesgo no depende solo de la biología. También influyen la vivienda, los recursos económicos, el acceso a aire acondicionado o ventilación, la posibilidad de vivir acompañado, la educación sanitaria y la capacidad de recibir atención a tiempo.

Otro trabajo reciente, publicado por Zhang y colaboradores en eBioMedicine, amplía la mirada hacia el futuro. Este estudio desarrolló un marco integrado de clima, envejecimiento y adaptación para proyectar las muertes atribuibles a temperaturas extremas en personas con Alzheimer y otras demencias. El mensaje es claro, si el calentamiento continúa y no se implementan medidas de adaptación, la carga de mortalidad relacionada con olas de calor podría aumentar de forma muy marcada a finales de siglo. Sin embargo, el estudio también ofrece una nota de esperanza, las políticas de adaptación —si son amplias, tempranas y bien dirigidas— pueden reducir sustancialmente esa mortalidad.

En condiciones normales, la temperatura del aire tiende a disminuir con la altitud. Durante una inversión térmica ocurre lo contrario, una capa de aire más cálido queda por encima de aire más frío cercano al suelo, dificultando la convección y atrapando contaminantes. Este fenómeno puede aumentar la exposición a partículas finas, óxidos de nitrógeno y otros contaminantes relacionados con inflamación sistémica y daño vascular. Aunque la evidencia aún es inicial, algunos estudios poblacionales sugieren que una mayor exposición a inversión térmica se asocia con trayectorias cognitivas menos favorables. Esto no significa que la inversión térmica "cause" demencia de forma directa, pero sí que el clima, la contaminación y la cognición forman un triángulo de riesgo que merece aumenta.

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Durante décadas, las alertas sanitarias se han centrado en el calor diurno, los 38, 40, 42 o 45 grados que ocupan titulares y mapas meteorológicos. Pero para una persona frágil, la temperatura mínima puede ser igual o más importante. Una noche a 27 grados en una vivienda mal aislada, sin ventilación suficiente y con una persona dependiente en la cama puede ser más peligrosa que unas horas de calor diurno con posibilidad de refugio. El sueño es una función biológica esencial para el cerebro. Durante el descanso se consolidan memorias, se regulan emociones y se activan procesos de limpieza metabólica. En la demencia, el sueño ya suele estar fragmentado. Si el calor lo interrumpe aún más, aumenta la probabilidad de confusión, irritabilidad, agitación nocturna y deterioro funcional al día siguiente.

En cuidadores y residencias, esto puede traducirse en más episodios de descompensación y mayor carga asistencial y además, la noche concentra un problema práctico, hay menos vigilancia. Durante el día, familiares, cuidadores o profesionales pueden detectar antes los síntomas de golpe de calor, deshidratación o delirium. De noche, una persona con demencia puede permanecer durante horas en una habitación sobrecalentada sin pedir ayuda. Por eso las intervenciones no deberían limitarse a recomendar "evitar salir en las horas centrales del día". También deben incluir protocolos nocturnos y revisar la temperatura de la habitación, asegurar hidratación, adaptar ropa de cama, usar ventilación segura y vigilar signos de desorientación o somnolencia anormal.

El calor no afecta a todos por igual. Dos personas pueden vivir la misma ola de calor con riesgos completamente distintos. Una reside en una vivienda bien aislada, con aire acondicionado, apoyo familiar y acceso rápido a atención médica. Otra vive sola, en un piso alto, con escasos recursos, enfermedades crónicas y deterioro cognitivo. El termómetro marca lo mismo, pero el peligro real no es el mismo.

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La demencia amplifica desigualdades previas. Quienes tienen menor nivel educativo o menos ingresos suelen vivir en viviendas peor preparadas frente al calor, en barrios con menos arbolado y más efecto de isla de calor urbana. Las ciudades acumulan calor por el asfalto, el tráfico, la densidad edificada y la falta de vegetación. En estos entornos, la temperatura nocturna puede mantenerse elevada durante muchas horas. Así, el calor deja de ser un fenómeno meteorológico y se convierte en un indicador de justicia social.

Las residencias de mayores, centros de día y servicios de ayuda domiciliaria deben considerarse infraestructuras críticas durante olas de calor. No basta con emitir alertas generales. Es necesario identificar a las personas con demencia, saber si viven solas, comprobar si tienen refrigeración, revisar medicación, coordinar llamadas de seguimiento y establecer rutas de atención rápida. En salud pública, la diferencia entre una alerta y una intervención efectiva suele estar en la lista nominal de personas vulnerables y en la capacidad de actuar antes de que aparezca la emergencia.

Las recomendaciones individuales siguen siendo necesarias, pero deben ser realistas. A una persona con demencia no basta con decirle que beba agua. Hay que facilitarle el vaso, recordárselo, supervisar la ingesta y adaptar la rutina. Conviene ofrecer líquidos con frecuencia, evitar alcohol, observar cambios bruscos de conducta, controlar la temperatura interior y reducir la actividad física durante los picos de calor. También es importante revisar con profesionales sanitarios los medicamentos que pueden aumentar el riesgo de deshidratación, hipotensión o alteración de la termorregulación.

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En el hogar, pequeñas medidas pueden tener gran impacto: ventilar en las horas más frescas, cerrar persianas durante el día, usar ventiladores de forma segura, crear una habitación fresca, emplear ropa ligera y evitar comidas muy pesadas. Cuando sea posible, el aire acondicionado puede salvar vidas, pero no debe plantearse como la única solución, porque su acceso es desigual y su uso masivo aumenta el consumo energético si no se acompaña de políticas sostenibles.

A nivel comunitario, las ciudades deben prepararse para un envejecimiento en un clima más extremo. Más sombra, más árboles, refugios climáticos accesibles, transporte adaptado, rehabilitación térmica de viviendas, alertas meteorológicas vinculadas a servicios sociales y formación específica para cuidadores son medidas de prevención sanitaria, no simples mejoras urbanísticas.

Los sistemas de alerta temprana deberían incorporar la demencia como criterio de vulnerabilidad. Una alerta por calor no debería dirigirse solo a "la población general", sino activar protocolos para mayores de 75 años, personas con deterioro cognitivo, pacientes que viven solos y hogares sin refrigeración. La evidencia disponible sugiere que actuar durante y después de la ola de calor es esencial, porque el riesgo puede persistir varios días.

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Conviene ser precisos, estos estudios no demuestran que una ola de calor cause demencia de nuevo en una persona sana. La evidencia más sólida se refiere al aumento de mortalidad, descompensación y posiblemente deterioro cognitivo en personas vulnerables o ya afectadas. También existen indicios de que la exposición repetida a calor, contaminación y fenómenos atmosféricos adversos podría influir en trayectorias cognitivas a largo plazo, pero esa relación requiere más investigación.

La ciencia avanza precisamente afinando estas diferencias. No es lo mismo riesgo de desarrollar demencia que riesgo de morir con demencia durante un episodio de calor. No es lo mismo calor diurno que calor nocturno. No es lo mismo una ola de calor breve que una secuencia de días y noches sin alivio. Y no es lo mismo vivir el calor con apoyo social que afrontarlo en soledad.

Por ello, en la situación actual del cambio climático hemos de pensar que el calor extremo nos obliga a repensar la demencia. Durante años la hemos abordado sobre todo como una enfermedad neurodegenerativa individual, centrada en neuronas, placas, proteínas y fármacos. Todo eso sigue siendo importante. Pero la nueva evidencia añade otra capa, el entorno térmico, la vivienda, la ciudad y las políticas climáticas también forman parte del cuidado cerebral.

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Proteger a las personas con Alzheimer y otras demencias frente al calor no es una cuestión menor ni estacional. Es una prioridad de salud pública en sociedades envejecidas. Cada ola de calor pone a prueba no solo la resistencia del cuerpo, sino la solidez de nuestras redes de cuidado. Cuando la noche deja de refrescar, cuando la ciudad retiene calor y cuando la persona no puede reconocer el peligro, la prevención debe llegar antes que la urgencia.

El mensaje final es tan sencillo como exigente, en un mundo más cálido, cuidar la memoria también significa enfriar las casas, sombrear las calles, acompañar a quienes viven solos, formar a cuidadores y diseñar alertas que no se queden en el pronóstico meteorológico. La demencia nos recuerda que la vulnerabilidad climática tiene rostro, edad, historia y dependencia. Y que adaptarnos al calor no es solo protegernos del futuro, es salvar vidas ahora

Dr. Secundino López Pousa

Cómo citar esta página:

López Pousa S, Lombardía Fernández C. El rincón del experto: Cambio climático y riesgo de demencia y enfermedad de Alzheimer [en línea]. Circunvalación del Hipocampo, agosto 2026 [Consulta: 31 de julio de 2026]. Disponible en: https://www.hipocampo.org/rincon-del-experto/ExpertCase0086.asp.

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Última actualización de esta página: 1-8-2026.
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