
Corte sagital del encéfalo (imagen decorativa)
El herpes zóster, conocido popularmente como "culebrilla", es una enfermedad causada por la reactivación del virus varicela-zóster, el mismo que provoca la varicela. Este virus puede permanecer inactivo durante años en el cuerpo, escondido en los ganglios nerviosos, y reactivarse más adelante, sobre todo cuando el sistema inmunológico se debilita, ya sea por la edad o por ciertas condiciones que disminuyen las defensas.
Cuando el virus se reactiva, suele hacerlo en un ganglio de la médula espinal. Desde allí se desplaza por los nervios, causando una erupción cutánea dolorosa que aparece generalmente en un solo lado del cuerpo, siguiendo el trayecto de un nervio. El dolor, que puede variar de intensidad, muchas veces se presenta incluso antes de que aparezcan las lesiones en la piel. Al principio, la zona afectada muestra enrojecimiento, hinchazón y una sensación de ardor. Luego surgen vesículas —pequeñas ampollas llenas de líquido— que con el tiempo se secan. En algunos casos, estas lesiones pueden evolucionar a úlceras, dejar costras o cicatrices, aunque la mayoría de los episodios se resuelven en unas pocas semanas.
Una complicación frecuente y muy molesta es la neuralgia postherpética, un dolor persistente en la zona donde ocurrió la infección. Este dolor puede durar meses o incluso años, y afectar gravemente la calidad de vida de quienes lo padecen, especialmente en personas mayores.
El herpes zóster es bastante común: se estima que una de cada tres personas lo sufrirá en algún momento de su vida. A partir de los 50 años, el riesgo aumenta considerablemente. Las estadísticas mundiales indican entre 3.2 y 12.5 casos por cada 1000 personas al año. En cuanto a la neuralgia postherpética, esta afecta entre 0.4 y 1.5 personas por cada 1000 al año. Curiosamente, las mujeres tienen una mayor probabilidad de desarrollar herpes zóster, lo que podría deberse a diferencias hormonales entre ambos sexos.
En los últimos años, algunos estudios sugirieron que el herpes zóster podría estar relacionado con un deterioro cognitivo e incluso con un mayor riesgo de desarrollar demencia o enfermedad de Alzheimer. ¿A qué se debe esta sospecha? Se ha planteado que la inflamación provocada por el virus podría alcanzar el cerebro, activando células del sistema inmunológico cerebral (la microglía), lo cual a su vez favorecería la acumulación de proteínas relacionadas con enfermedades neurodegenerativas, como la beta-amiloide y la tau.
Además, se ha visto que en ciertos casos el virus puede infectar directamente células del sistema nervioso central, provocando incluso la muerte de neuronas. En personas que han sufrido encefalitis (inflamación del cerebro) tras la infección, se ha detectado una reducción del flujo sanguíneo en zonas como el lóbulo frontal, lo que podría contribuir a problemas cognitivos. En particular, los casos de herpes zóster oftálmico —es decir, cuando el virus afecta al nervio que va hacia el ojo— han sido asociados a un mayor riesgo de demencia.
Sin embargo, estudios más recientes y con poblaciones más amplias han cuestionado esta relación. Estas investigaciones no han encontrado evidencia clara de que haber tenido herpes zóster aumente el riesgo de demencia o Alzheimer, independientemente de la edad o el sexo de los pacientes.
De hecho, estos nuevos estudios han arrojado un dato interesante: parece que, en general, haber sufrido una infección por herpes zóster no solo no aumenta, sino que incluso reduce ligeramente el riesgo de demencia a largo plazo. Este hallazgo es especialmente relevante y tranquilizador para muchas personas.
Ahora bien, hay una excepción importante. Aquellos casos en los que la infección afecta directamente al sistema nervioso central —como sucede con los nervios craneales, y en especial con el nervio oftálmico— sí podrían implicar un riesgo ligeramente mayor de demencia durante el primer año tras la infección. En estos pacientes, el daño cerebral o la inflamación podrían tener un impacto más directo sobre las funciones cognitivas. No obstante, también se considera la posibilidad de que problemas vasculares estén implicados en estos procesos.
Otro hallazgo destacable tiene que ver con el tratamiento antiviral. Los estudios han demostrado que las personas que recibieron tratamiento antiviral poco después del inicio del herpes zóster tuvieron hasta un 50 % menos de riesgo de desarrollar demencia en los años siguientes. Esto refuerza la importancia de acudir rápidamente al médico y comenzar el tratamiento lo antes posible, especialmente en personas mayores o con mayor vulnerabilidad neurológica.
En resumen, aunque el herpes zóster puede tener implicaciones más serias en casos donde el sistema nervioso está directamente afectado, la evidencia más reciente ofrece un panorama más positivo. No solo no se confirma una relación clara entre herpes zóster y demencia, sino que hay indicios de que el tratamiento oportuno puede incluso reducir este riesgo. Como siempre, la detección temprana y una atención médica adecuada siguen siendo clave para minimizar complicaciones y proteger nuestra salud cognitiva a largo plazo.
Dr. Secundino López Pousa
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